Las elecciones de Hungría configuran un Parlamento de extrema derecha y antinmigración

El  8 de abril de 2018 tuvieron lugar las elecciones de Hungría sin apenas sorpresas: los votantes han reelegido al autoritario Viktor Orbán, líder del partido Fidesz (Unión Cívica Húngara), con el 66,83 por ciento de los votos.

El pasado 8 de abril tuvieron lugar las elecciones de Hungría sin apenas sorpresas: los votantes han reelegido al autoritario Viktor Orbán, líder del partido Fidesz (Unión Cívica Húngara), con el 66,83 por ciento de los votos. Envuelto en una serie de escándalos de corrupción, Orbán ha ganado sin embargo respaldos intensificando el discurso del odio hacia el extranjero y emprendiendo una cruzada antinmigración, a pesar de gobernar en un país sin apenas población extranjera, y anti-islám, aunque paradójicamente se acerca cada vez más a la autoritaria Turquía de Erdogan.

Frente a la rotunda victoria de Orbán, la oposición no ha gozado de tantos apoyos. Jobbik, partido neofascista de ideología xenófoba, homófoba y antisemita, le sigue con un 13,07 por ciento de los votos: un resultado menor al esperado y que ha ocasionado la dimisión de su líder, Gabor Vona. Mientras, el centro y la izquierda (partidos como la Coalición Democrática, Diálogo para Hungría, el Partido Liberal Húngaro o la coalición Juntos por una Nueva Era) están debilitados y fragmentados, y su poco apoyo conseguido (un 10 por ciento en el caso de la cúpula socialista) han originado también dimisiones. Estos resultados convierten a Hungría en el país europeo donde la extrema derecha se ha asentado en el poder con más fuerza, y suponen la consolidación del bloque euroescéptico y el preocupante triunfo de la retórica antinmigración.

Un Gobierno con tendencia hacia el autoritarismo

Orbán ha sido el líder de la Unión Cívica Húngara, miembro del Partido Popular Europeo, desde su fundación en 1988, y ésta es su tercera victoria electoral. En 1994 tuvo lugar la derrota que desembocó en una deriva derechista y nacionalista, y en 2010 regresó al poder, dominando toda la vida pública y mediática y controlando todas las instituciones hasta ganarse el apodo de “Viktator” por parte de sus opositores.

Aliado de Putin y seguidor de Berlusconi en cuanto al control de medios, durante su mandato Viktor Orbán ha desmantelado el principio de separación de poderes, cambiado la ley electoral para favorecer a su partido, modificado la constitución para flexibilizar los requisitos para declarar estado de excepción, criminalizado las ONGs, propuesto una reforma de medios de comunicación que ha sido considerada una amenaza hacia la libertad de expresión y ha reintroducido el debate sobre la pena de muerte, entre otras cosas.

Caracterizado por una retórica política racista, xenófoba y ultranacionalista, basada en culpar a los inmigrantes de todos los problemas del país, Orbán se ha dedicado a fomentar la xenofobia y el racismo (según muchos para desviar la atención de sus múltiples acusaciones de corrupción). De ese modo, el gobernador apela en sus discursos a la “homogeneidad étnica”, sugiere que África “quiere tirar abajo nuestra puerta”, advierte sobre una supuesta invasión del Islam y vincula a la inmigración con el terrorismo, las enfermedades y la delincuencia. En 2017, exigió a Europa que financiara parte de los gastos derivados de su política fronteriza, alegando que Hungría “está protegiendo a todos los ciudadanos de Europa de la inundación de ciudadanos ilegales”. “El lenguaje empleado hace creer que Hungría estuviera en una especie de guerra”, opina Marta Pardavi, del Comité Húngaro de Helsinki, un grupo pro-derechos humanos.

Puertas cerradas para migrantes y refugiados

Todas esas palabras van acompañadas de una política de inmigración muy restrictiva, cuyo momento paradigmático fue la construcción en 2015, de una barrera de 175 kilómetros de alambre y concertinas en la frontera con Serbia y Croacia para detener el flujo de personas a través de la ruta de los Balcanes. De hecho, asociaciones como Amnistía Internacional y Human Rights Watch han denunciado el continuo retroceso en materia de derechos humanos y civiles que viven las personas refugiadas y migrantes en el país, con ejemplos como las persecuciones y devoluciones con violencia en la frontera con Serbia, y también han mostrado preocupación hacia la continua discriminación que sufre el pueblo romaní (que supone un 3 por ciento de la población húngara). En cuanto al acuerdo de acogida de refugiados de Grecia o Italia al que se llegó en 2015, Hungría, junto con Polonia, se ha negado en redondo a acoger a un solo solicitante de asilo entre sus fronteras, y de hecho en febrero de 2016, el Gobierno anunció un referéndum nacional sobre el plan de reubicación de la UE, acompañado por una intensa campaña antinmigratoria financiada con fondos públicos.

Un 70 por ciento del Parlamento, a la extrema derecha

En los resultados le sigue el no mucho más tolerante Jobbik (Movimiento para una Hungría Mejor). Se trata de un partido neofascista, con apoyo joven y un programa antisemita, racista, antigitano y homófobo, al que es imposible no comparar con Amanecer Dorado en Grecia y que cuenta incluso con su propia organización paramilitar, la Guardia Húngara. La suma de ambos colectivos supone, en conclusión, que casi un 70 por ciento de los parlamentarios húngaros estarán ubicados en la extrema derecha más intolerante y xenófoba.

Cabe imaginar las consecuencias de todo este incesante discurso contra migrantes, refugiados y gitanos por parte de los partidos políticos y lo medios afines, y cómo éste cala en la población: algo que puede verse reflejado en el apoyo electoral que reciben este tipo de partidos nacionalistas, y también en sucesos como el que pudimos ver en septiembre de 2015, cuando la reportera de una televisión húngara Petra László zancadilleó a un hombre refugiado que cruzaba la frontera de Hungría con Serbia con su hijo en brazos, y que se convirtió en un icono de la intolerancia europea hacia los solicitantes de asilo.

¿Lo más curioso de todo esto? Que Hungría es un país con muy poca inmigración: en 2017, apenas un 5,2 por ciento de la población húngara era inmigrante, y de esta la mayoría no es de una raza diferente a la húngara (ya que la conforman principalmente ciudadanos de Rumanía, Sebia y Ucrania). Por otro lado, solo un 0,4 por ciento de la población es musulmana a pesar de las advertencias continuas de una “invasión musulmana” por parte de políticos como Orbán. Es obvio que la realidad no frena una manipulación populista que alimenta el odio y que, según podemos comprobar, resulta un arma electoral muy exitosa. Después de estos resultados está más claro que nunca que en Hungría, así como en otros países europeos, está el juego el futuro de los principios europeos de democracia y de tolerancia.

La Fundación porCausa sigue de cerca el desarrollo del discurso antinmigratorio en Europa. Una investigación cuyos resultados pueden leerse y descargarse aquí.

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