Claustrofobia en la ciudad-jaula: encerrados entre un mar y la valla

800 guardias civiles, la última estatua de Franco y miles de menores que se juegan la vida en busca de un futuro mejor. Bienvenidos a Melilla

Hay poco que hacer en Melilla por las tardes salvo dar el rule. El melillense se coge el coche y tira arriba y abajo, gastando gasolina, echando el rato. Pero el día es largo y los kilómetros escasos. Sobre el mapa, la ciudad autónoma es un abanico de 12,5 kilómetros cuadrados. Todo está a cinco minutos de coche: a dos minutos, la biblioteca; a tres, el Lidl; a cuatro, el campo de golf.

Como si formara parte de un espectáculo de David Copperfield, tiene la ciudad la asombrosa cualidad de invisibilizar algunos de sus escenarios. Al igual que el mago hizo desaparecer la Estatua de la Libertad a la vista de todos, dicen los melillenses que la valla que separa España de Marruecos no la ven.

Por mucha importancia que le quieran quitar, los doce kilómetros de valla acompañan al conductor durante el rule, a la familia que acude el domingo a asar sus pinchitos en los pinos, al esporádico golfista, al turista de frontera, a los chavales del barrio de La Cañada que se juntan para jugar al fútbol, a los vecinos marroquíes y, más que a ningún otro, a las personas migrantes que pernoctan en el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI).

Melilla es una jaula; de un lado el mar y, del otro, la valla. Hay foráneos que dicen que no lo notan, que se acostumbra uno a vivir en una caja. Hay otros que se compran una casa en la península, o que llevan a sus hijos a un dentista en Málaga solo para salir de la jaula un rato. Solo hay tres maneras legales de escapar: por los pasos de frontera hacia Marruecos, con una tarjeta de embarque en el aeropuerto o comprando un billete de ferry que cruce el mar de Alborán. Pero ir a la península es caro y Marruecos no le gusta a todo el mundo. Por eso hay muchos que no salen nunca de Melilla. Para qué.

La valla le ha dado a Melilla un repunte del turismo arquitectónico, que viene más a verla a ella que a los hermosos y decadentes edificios modernistas de Enrique Nieto. Los melillenses le hablan al turista de una “Melilla de verdad”: la que no sale en la prensa. La Melilla de verdad, dicen, es la de los puestos de comida en el Rastro, las maravillosas playas y el pintoresco parque Hernández. Están hartos, dicen, de que de Melilla solo se hable de la valla, del CETI, de los menores extranjeros que pululan por la ciudad y de los porteadores de mercancía por los pasos fronterizos. Los melillenses querrían poder traspasar a los forasteros sus poderes de David Copperfield para que la frontera fuera también invisible para los visitantes.

La fortificación de la frontera sur de Europa es también una cobertura inevitable para los periodistas del ramo, que no eluden solicitar a la Guardia Civil una visita guiada a la valla. La benemérita lo hace de buen grado, como parte de sus obligaciones cotidianas. Hay 800 guardias civiles en Melilla y la mayoría son de la ciudad, muchos de ellos por tradición familiar.

Por su pasado y por su presente, Melilla es un lugar muy castrense, muy de sus héroes y sus batallas. La última estatua de Franco en un lugar público se encuentra dando la bienvenida a los viajeros que desembarcan en el puerto. Soldados, legionarios, alféreces, aviadores y en general militares de todo rango aparecen honrados en esculturas y placas. El rostro de Millán Astray saluda a los conductores desde un mural de azulejo en el camino hacia Cabrerizas, a las afueras.

Melilla tiene una población de 80.000 personas y hay otros 30.000 que vienen y van. Quitando el atolladero de los pasos fronterizos colapsados por lo que aquí llaman comercio atípico —que no es otra cosa que contrabando de mercancías aprovechando la permisividad del equipaje de mano—, la ciudad debería ser un hormiguero junto al que hubiera caído un trozo de tarta. Pero no es así. Se pasea poco por las calles, se compra lo mínimo, se sale lo justo. Se aparca fácil en el centro, siempre hay sitio en las terrazas y las colas se forman, como mucho, en las farmacias. Pronto se abrirá el primer centro comercial de Melilla, a las afueras. “Lo que le faltaba a Melilla, ir a pasear bajo techo”, se queja un joven, que además vaticina que la jugada trasladará las pocas tiendas de franquicias al centro comercial y destruirá el comercio local.

Melilla es una ciudad frontera que se niega a aceptar la porosidad propia de un cruce de caminos. Se siente insular, se agarra a su identidad, se cuenta un relato que difiere tanto de la realidad como lo hace el guión de una película Disney del cuento de los hermanos Grimm que adapta.

En el centro, muy cerca de la plaza de España, hay un bazar que vende babuchas, joyería bereber, té moruno, cajas mágicas y marroquinería. Como cualquier otra tienda de regalos, ofrece al cliente un expositor de imanes para la nevera como recuerdo de Melilla. Entre las imágenes de fachadas decimonónicas, el puerto deportivo o la ciudad vieja, aparece una foto de la valla con personas migrantes encaramadas a ella y un guardia civil trepando por una escalera. A los dependientes no les escandaliza: es lo que hay, no lo vamos a esconder, dicen. El imán del salto a la valla cuesta tres euros.

Hay una cuarta manera de escapar de la jaula, que es la que utilizan las personas migrantes menores de edad o muy jóvenes que no quieren o no pueden esperar un traslado a la península de manera legal. Ellos lo llaman hacer el risky y consiste en colarse al puerto para meterse en un ferry. Las navieras Balearia y Armas cosen diariamente las costas de Europa y África, y son la vía de escape, para estos polizones, de una ciudad en la que solo están de paso.

Balearia, Armas, risky, ferry, barco, Motril-Granada-Málaga-Algeciras forman parte del primer vocabulario de estas personas migrantes. Una ristra de palabras esperanzadoras al que le agregan un insha’Alláh para construir una frase con sentido, que viene a querer decir algo así como que si Dios quiere podré colarme en un barco que me lleve a la península.

Si consiguen entrar al puerto saltando la verja o agarrándose a los bajos de un camión, con un mucho de suerte podrían llegar hasta los ferrys, escondiéndose de la Guardia Civil y la Policía Nacional. Dentro del barco, hay mil sitios en los que un chico pequeño y escurridizo podría ocultarse. En el ferry, ellos pueden ser tan invisibles para los viajeros como la valla para los melillenses.

Eso sí, los polizones deberían evitar la cubierta, donde los animadores organizan un concurso de mises entre los viajeros, los cuales bailan los hits machacones que pincha el dj desde su cabina, junto a la piscina. El ferry de Armas es una iniciación tanto al falso lujo de los cruceros, como a la España que les espera a los chavales del risky: una celebración de la desigualdad, un poco cutre, un poco hortera; machacona, sin duda.

Artículo publicado originalmente en Playground el 6 de julio de 2017.