Cinco razones por las que el ‘Plan Marshall’ de la UE contra la inmigración es una mala idea

Existen alernativas al despliegue en cinco años de 8.000 millones de euros que propone Europa, pero no se ganan con ellas las elecciones.

Cuando entramos en el tercer año de la mayor crisis de movilidad humana que ha vivido Europa desde la Segunda Guerra Mundial, sus responsables insisten en responder a problemas complejos con soluciones simples. La última —presentada el 7 de junio por la Comisión ante el Parlamento Europeo— ha sido tirar de palo y zanahoria y anunciar una fastuosa inversión en nueve países de África y Oriente Próximo que haga florecer el desarrollo y persuada a sus despistados habitantes de que la emigración no merece la pena. Por si acaso estos argumentos no son suficientes, la propuesta incluye una batería de “incentivos negativos” destinados a limitar ventajas comerciales, reducir ayudas o reconsiderar acuerdos de cooperación en cualquier otro ámbito. En otras palabras, “toda la gama de políticas e instrumentos externos de la UE” quedarían condicionados por la colaboración en el control migratorio.

Aunque la Dirección General de Propaganda de la Comisión parece estar teniendo éxito a la hora de vender este asunto como un ‘Plan Marshall’ para África (véase el desconcertante titular de este mismo periódico), la verdadera naturaleza de la operación se encuentra a medio camino entre el chantaje y el soborno. Con todo, la comparación resulta útil para poner de manifiesto los agujeros financieros, políticos y éticos de la propuesta europea.

Se me ocurren al menos cinco razones por las que este plan es una mala idea:

1) Esto no es un Plan Marshall, sino una propina (improbable): presupuestariamente, la comparación entre el esfuerzo americano tras la guerra y la propuesta europea es un mal chiste. En cada uno de los cuatro años que duró el plan, EEUU gastó en la reconstrucción de Europa occidental alrededor del 1,4 por ciento de su PIB. La UE, por su parte, ofrece a estos ocho países el 0,08 por ciento anual del suyo (hasta 62.000 millones de aquí a 2020, aunque la cifra real estará mucho más cerca de 8.000). Un plan de reconstrucción que merezca ese nombre exigiría multiplicar la donación europea hasta los 271.000 millones de euros cada año durante los próximos cuatro. En todo caso, y considerando que del plan comprometido en septiembre durante la cumbre de La Valeta (1.800 millones) los Estados miembros no han aportado más que un 4,5 por ciento de los fondos, conviene no ir descorchando las botellas.

2) ¿Por qué renunciar al todo y quedarse con la parte? Alguien, en algún recoveco de la burocracia europea, debería considerar la posibilidad de que cualquier oferta que hagan es mucho peor para los países de origen que los beneficios asociados a la inmigración, incluso en medio de este caos. De acuerdo con las estimaciones del Banco Mundial, solo en remesas la región de África y Oriente Próximo recibirá este año 88.000 millones de dólares, seis veces más de lo que ofrece Europa y además dirigido de manera directa a las familias. Esas comunidades, sus recursos y sus diásporas en el exterior constituyen un poderoso incentivo para que los gobiernos africanos digan que van a colaborar con el control migratorio pero se aseguren en realidad de que ocurra lo contrario. Esto es exactamente lo que pasó con los acuerdos de ‘cooperación con repatriación’ impulsados por el Gobierno socialista en la pasada década, el modelo invocado hoy por la UE.

Imagen / GUSTA ABERG / OTAN
Póster de propaganda para comunicar la cooperación de la OTAN con Europa (1950). Imagen / GUSTA ABERG / OTAN

3) Incluso aunque tuviese éxito, el plan conseguiría justo lo contrario de lo que pretende: uno de los mitos más arraigados en la mitológica política migratoria europea es la idea de que ‘hay que ayudarles para que no se vean obligados a emigrar’. La afirmación es tan paternalista como errónea. Como han demostrado estudios de todo pelaje, la emigración tiene más que ver con el éxito que con el fracaso, al menos en sus fases de mayor intensidad. Los números muestran que la emigración de África subsahariana hacia Europa y otras regiones más desarrolladas es nueve veces menos intensa que la de América Latina, por ejemplo. La explicación es simple (y tiene poco que ver con las barreras que impone Europa): los africanos carecen todavía de los recursos educativos y financieros para intentarlo. A medida que la región vaya consolidando su desarrollo en los próximos años, generando una clase media formada y abundante, veremos a mucha más gente dispuesta a buscar un futuro mejor en otra parte.

4) Esto se va a volver contra nosotros de muchas formas diferentes: la retórica eufemística que rodea este tipo de iniciativas (“incentivos negativos” es uno de mis términos favoritos) no debería llegar al punto de engañarnos a nosotros mismos. Lo que Europa quiere firmar es una subcontrata de sus fronteras exteriores, al menos una más eficaz de la que está pagando ya. Para eso se gastará lo que haya que gastarse y se acostará con quien haya que acostarse. La rapidez con la que Erdogan y su régimen pasaron de “amenaza para los derechos humanos” a “socio fiable con algunos prontos” es solo un aperitivo de lo que podemos esperar ahora. El problema es que incluso el régimen turco es Noruega cuando se le compara con algunas de las autocracias que pueblan de forma más o menos explícita el mapa de África y Oriente Próximo. Casarse con ellas no solo supone entrar en un juego de consecuencias imprevisibles, sino que traiciona los valores sobre los que se fundamenta Europa precisamente cuando la Unión necesita de forma desesperada apuntalar sus fundamentos.

5) Existen alternativas (aunque no esperen ganar las próximas elecciones con ellas): después de tres años de dilapidar el capital político y ético de la Unión, Europa podría intentar una solución radical: hacer lo correcto, que en el largo plazo también es lo más inteligente. La histeria y la grosera manipulación que se han adueñado del debate público impiden aceptar algunas verdades simples, como el hecho de que lo que nuestras sociedades y gobiernos consideran una invasión es en realidad una pequeña fracción del número de refugiados que se pasean por el mundo, por no hablar de los inmigrantes económicos que entran cada año –de forma legal o ilegal- en los países europeos. Las miserables cuotas de refugiados que han llegado a países grandes y capaces como España -gracias al obstruccionismo activo del Gobierno- son una vergüenza con la que cargaremos durante generaciones, pero el problema difícilmente se limita a los desplazamientos forzosos. A pesar de las repetidas reclamaciones de la Comisión, los Estados miembros han sido incapaces de concebir instituciones y acordar canales legales que amplíen las oportunidades de emigración económica y alineen la gestión de la movilidad con las necesidades de los mercados de trabajo en el largo plazo (algo que sí han hecho los canadienses, por ejemplo). La inclusión por parte de la Comisión de una propuesta de reforma de la llamada Tarjeta Azul para inmigrantes cualificados no va a poder tapar esta miopía y ausencia de liderazgo.

No hay nada sencillo en la reforma del modelo migratorio, pero cavar más hondo no ayudará a salir de este agujero. Ya que la Comisión los ha ofrecido con tanta generosidad, sería estupendo que los miembros de la UE destinasen a África esos 62.000 millones de euros en concepto de ayuda al desarrollo largamente debida. Pero vincularlos de esta forma obscena al control migratorio es buscar soluciones en el lugar equivocado. Como recordaba recientemente en una entrevista para la Fundación porCausa el representante especial de Ban Ki Moon para la reforma migratoria, Peter Sutherland, “el problema con el sistema de migración europeo es que no existe un sistema de migración europeo”. Esto podría cambiar dentro de poco, si aceptamos que Europa solo es capaz de ponerse de acuerdo cuando se trata de encanallarse.

Este artículo de opinión ha sido publicado previamente en el blog 3.500 Millones de Planeta Futuro (El País).

English spoken? Nuestra organización amiga ODI ha publicado una versión más corta y en inglés. Traducción a cargo de Daniel Martínez de porCausa y edición por Gonzalo Fanjul y ODI.