El campo de batalla de la antinmigración

En los dos últimos años Alemania ha acogido a más de un millón de personas, pero el discurso xenófobo ha calado transversalmente en toda la sociedad y en casi todos los partidos con representación institucional.

 

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La antinmigración hoy se produce en un contexto económico y tecnológico en el que la imbricación de intereses, el acceso a la información y la capacidad de cruzar fronteras de forma legal o irregular hacen mucho más difícil introducir medidas proteccionistas extremas. Pero esta dificultad no ha hecho más que disparar la frustración de sociedades que han sido al mismo tiempo castigadas por la Gran Recesión y espoleadas por un discurso populista que ofrece soluciones simples a desafíos extremadamente complejos.

Es evidente el auge de la xenofobia populista en Europa, aunque los resultados son heterogéneos según qué países. Es destacable el 46% de votos que consiguió el candidato del FPÖ austriaco en la primera vuelta de las presidenciales celebradas en abril de 2016, el 15% del Partido del Progreso en las recientes elecciones de Noruega, el Gobierno de Viktor Orbán en Hungría, el ascendiente presidencial de Marine Le Pen en Francia o los 130 de 751 escaños del Europarlamento que están ocupados por representantes de opciones abiertamente antiinmigratorias.

Pero la influencia del populismo antiinmigratorio no se limita a su peso electoral formal. La verdadera fuerza de estos movimientos reside en su capacidad para contaminar la posición de los partidos tradicionales y trasladar el eje del debate público hacia la derecha, forzando a contestar cuestiones que hace unos años hubiesen sido sencillamente intolerables.

Las próximas elecciones al Bundestag de Alemania, el 24 de septiembre, también nos hablan de esto mismo. El joven partido antinmigración Alternativa para Alemania (Afd) amenaza, según las encuestas, con recoger un 10% de votos e irrumpir por primera vez en el parlamento.

En las tres elecciones regionales celebradas este año en Alemania, la CDU de Merkel ha superado a los socialdemócratas del SPD, incluso en su bastión histórico del Ruhr. AfD, por su parte, entró en 2016 en las Cámaras territoriales (landtags) de los lander de Baden-Württemberg (con 23 diputados), Renania-Palatinado (14), Sachsen-Anhalt (25, segunda fuerza), Mecklenburg-Vorpommern (18) y Berlín (con 25 representantes).

La migración es el gran tema de la campaña electoral. Según la Oficina Federal para la Migración y los Refugiados (BAMP), Alemania recibió en 2016 a 280.000 peticionarios de asilo, un 68% menos con respecto al año anterior, en el que llegaron 890.000 personas. Esta drástica reducción de llegadas se debió al cierre de la ruta de los Balcanes y la firma de la declaración de reubicación y reasentamiento de refugiados entre la UE y Turquía, lo que supuso un alivio para Angela Merkel, que se enfrentaba a una situación delicada en las encuestas y desató los demonios del racismo y la xenofobia. Según el Ministerio del Interior, se producen diez ataques diarios a refugiados en Alemania (resultado de la media de los 3.533 ataques a refugiados y a centros de acogida registrados en 2016, en los que resultaron heridas un total de 560 personas, 43 de ellas niños).

Miremos los programas electorales. La Unión Cristiano-Democrática (CDU) no establece cifra límite a la acogida de refugiados dadas las diferencias entre los socios de la coalición, pero aboga por estabilizar las llegadas en los niveles más bajos. Apuesta por aliviar la presión migratoria atajando sus causas, para lo que propone una subida de medio punto para la ayuda al desarrollo en el PIB para el año 2025, así como impulsar la asociación con África en una especie de Plan Marshall. Según el Ministerio de Desarrollo, “atender a un migrante o un refugiado en Europa es hasta 130 veces más caro que hacerlo en su país de origen”, por lo que, para los conservadores, mejorar las condiciones de vida en los países de origen frenaría los flujos migratorios a Alemania.

Pero no todos en la CDU están de acuerdo con la política de Merkel y hay un sector que considera que gira hacia la izquierda. Este sector –al menos 7.000 miembros conservadores entre la CDU y la CSU (su partido hermano en Baviera)– le pide que tome medidas contra la inmigración, como por ejemplo la deportación automática de cualquier extranjero que haya cometido un crimen, la eliminación del concepto de la doble nacionalidad para inmigrantes o la prohibición de las asociaciones islámicas. Durante la última conferencia anual del partido, se votó limitar los derechos de los inmigrantes a tener doble nacionalidad, a pesar de que Merkel fuese en contra de esta iniciativa. Según ella, la solución a la crisis de los refugiados pasa por una respuesta fuertemente integrada de todos los países de la Unión Europea. Podría decirse que la CSU actúa como lastre de la CDU en materia migratoria, ya que son claramente más conservadores y su líder, Horst Seehofer, se enfrentó varias veces a Merkel durante la llegada de migrantes en 2016 y 2017.

En los últimos años, el partido socialdemócrata SPD está perdiendo apoyos a la vez que se aparta de la línea de defensa de los trabajadores y adopta tendencias más tradicionalmente de derechas. La esperanza del SPD para obtener buenos resultados en estas elecciones reside en su candidato, Martin Schulz. Tanto él como el SPD están intentando no darle demasiada relevancia a la cuestión de los refugiados y migrantes de la campaña, consiguiendo que sea menos crucial hoy de lo que lo fue en las elecciones regionales del 2016.

Schulz ha dedicado más de 20 años de su vida política a Bruselas. Fue presidente del Parlamento Europeo durante cinco años y candidato a presidente de la Comisión. Tanto Schulz como el SPD están intentando sacar el tema de los refugiados y migrantes en la campaña, consiguiendo que sea menos crucial hoy de lo que lo fue en las elecciones regionales del 2016. Por un lado, critica la política de Merkel, pide más solidaridad europea con Italia y advierte de que puede repetirse la crisis de refugiados. Por ello ha sido acusado de hacerle el juego a AfD en este tema.

Cuando se fundó en 2013, Alternativa para Alemania (AfD) se definía a sí misma como un “nuevo estilo de partido, ni de derechas ni de izquierdas”. Durante esta campaña, ha hablado claramente sobre establecer fuertes políticas antinmigración, reforzar el concepto de “identidad alemana” en oposición al islam y fomentar el euroescepticismo. Propone una política de cierre de fronteras y de expulsión de todo solicitante de asilo cuya petición sea rechazada. Para ellos, el islam no es parte de la cultura alemana.

Según algunos analistas, muchos simpatizantes del AfD son antiguos votantes de la CDU. Muchos están insatisfechos por no poder expresar que aman su país sin ser tachados de nazis.

El Partido Verde (Bündnis 90 / Die Grünen) se muestra abierto a una posible negociación con la CDU. En política social defienden la integración de los inmigrantes en una “sociedad multicultural” y en política exterior apoyan una mayor integración europea e incluso la posible entrada de Turquía en la UE.

El partido de la izquierda Die Linke fue fundado en 2007 por, entre otros, miembros desencantados del SPD. Los candidatos principales para 2017 son Sahra Wagenknecht y Dietmar Bartsch. Wagenknecht representa una candidatura que hace pocas concesiones. Está poco dispuesta a ceder ante el SPD y los Verdes; una actitud quizás poco ventajosa en un país que aprecia el diálogo y la capacidad de compromiso. Parece, además, que intenta pescar votos en las mismas aguas que los populistas de derechas. “Quien abuse del derecho a la hospitalidad, lo pierde”, declaró tras las agresiones sexuales de Colonia el 1 de enero de 2016, falsamente atribuidas a refugiados. De hecho, en la antigua Alemania Oriental, Die Linke ha perdido muchos votos que han ido a parar directamente a AfD debido a cierto voto protesta y el resentimiento hacia los extranjeros que se atribuye a la clase obrera del Este, menos acostumbrada a la inmigración en tiempos de la RDA; un giro parecido al de Gran Bretaña y el trasvase de votos entre el Partido Laborista y el UKIP. El problema que tiene Die Linke es que posicionarse claramente en ese debate le supone una desventaja teniendo en cuenta que muchos de sus votos vienen del Este, un territorio mucho más antinmigración que el Oeste.

Por último, el FDP es un partido centrado en el liberalismo económico y no tiene una posición relevante al respecto de la migración.

Alemania ha sido y es, con diferencia, el país más expuesto a la llegada de solicitantes de asilo. En los dos últimos años ha acogido a más de un millón de personas y parte de su ciudadanía se ha implicado de manera ejemplar en esta crisis. Pero la sociedad alemana es compleja, y el discurso antinmigración ha calado transversalmente en toda la sociedad y en casi todos los partidos con representación institucional, como hemos visto. De la euforia de la cultura de acogida de los primeros días se pasó a una cierta decepción. Pero, a pesar de estas reservas, junto al discurso xenófobo persiste mucha de esa cultura e incluso los partidos conservadores admiten la necesidad de acoger a algunos refugiados, en cifras muchísimo más altas de las que consideramos, sin ir más lejos, en España.

 

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Artículo publicado previamente en Ctxt, escrito por Ana Fernández-Páramo, Clara Sanchiz, Elena Cabrera y Gonzalo Fanjul.

 

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