Fotografía por Claudia Mañas (Fundación porCausa). (2)

Una sesión de la Lanzadera de Empleo y Emprendimiento Solidario de Móstoles (Madrid). / Fotografía: Claudia Mañas.

Juanjo Villalba, Editor Jefe de Vice News España, dijo una vez que las cosas no se pueden contar como hace diez años, casi ni como el año pasado. En un mundo que cambia tan rápido, la experimentación es lo único que nos queda. Algo similar le ha ocurrido a nuestra educación, a cómo desarrollamos nuestra labor profesional e, incluso, a cómo hacemos una búsqueda de empleo. Además de este panorama tan cambiante, se une la coyuntura de una crisis económica que ha descuadrado los esquemas mentales y los proyectos de vida de miles de personas en nuestro país. Y, más especialmente, ha trastocado el futuro de nuestros jóvenes.

La crisis, ha deteriorado el bienestar social en todos los aspectos, algunos de los cuales son el aumento de las tasas de paro, la pérdida del poder adquisitivo, o el incremento del número de personas bajo el riesgo de pobreza o exclusión social hasta llegar a casi un tercio la población española actual -en concreto, un 29,2%, según la tasa AROPE-.  

Pero los jóvenes, necesitados de labrarse un futuro, han sido más sensibles a esta crisis. Según los datos publicados por el estudio Cambridge Monitor 3: Millennials España, entre los jóvenes españoles de 16 y 24 años existe un creciente pesimismo en lo referente a su futuro laboral. El 76% lo ven de forma muy negativa, más del 80% cree que ganará menos dinero que sus padres y un 90% piensa que su estabilidad laboral será muy inferior a la de generaciones anteriores.

Sin embargo, siguiendo ese refrán que dicta que el hambre agudiza el ingenio, muchos españoles, hastiados de una perspectiva tan mala, se han lanzado al método ensayo-error, a buscar soluciones dentro de un nuevo mercado que, tras todo lo que se ha llevado la crisis, ha dejado florecer más de una oportunidad. No sabemos si por la amenaza de un futuro opaco, la hartura de un desánimo que no cesa o el afán de mejoría, pero las ideas que unos pocos decidieron poner en marcha hace un par de años, están permitiendo a muchos otros encontrar las salidas profesionales que pensaban que se les habían negado, la educación que el colegio nunca les dio o el proyecto de emprendimiento al que pensaban que no iban a tener acceso.

Estos tres proyectos que presentamos a continuación son el mejor ejemplo de que ni un mundo muy cambiante, ni el azote de una crisis económica, pueden robar el futuro a la juventud de todo un país.

Ninjas de la tecnología

La tecnología ya no es el futuro, la tecnología es el presente y, como tal, los jóvenes tienen que conocerla a fondo. Sin embargo, la primera pata de nuestra sociedad, a la que le está costando adaptarse al cambio de panorama, es la enseñanza. Muchas veces, la rigidez del sistema educativo retrasa su adaptación a las nuevas demandas del mercado y de los ciudadanos, por lo que las iniciativas educativas que surgen paralelas a los colegios, están más que a la orden del día. En este caso, mientras que en el colegio unos niños aprenden el sistema binario, fuera de él otros se están convirtiendo en “ninjas” de la programación. Y todo, gracias a un irlandés llamado James Whelton.

Whelton se hizo conocido cuando en 2011, a la edad de 18 años, cuando hackeó un Ipod Nano del gigante Apple. Desde ahí, otros jóvenes se interesaron por el mundo del código informático y se convirtieron en sus primeros alumnos en el club de programación que organizó en su escuela. Más tarde, ese mismo año, Whelton se unió a Bill Liao y lanzaron el primer CoderDojo. Cuatro años después, los fundadores han visto replicada su idea en los casi 700 CoderDojo que se desarrollan en 57 países alrededor del globo.

Su nombre no es casualidad. La palabra nipona dojo hace referencia al espacio donde se practican artes marciales. Más que una clase, está entendido como un lugar de aprendizaje en el que cada alumno persigue su propio desarrollo guiado por un maestro o sensei, que, lejos de decirle lo que hacer, le proporciona las herramientas básicas para que cree su propia ruta y le asesora cuando se atasca. Inspirado en este concepto, CoderDojo es un espacio en el que jóvenes de entre 7 y 17 años aprenden a manejar herramientas y lenguajes de programación de software como Scratch, App Inventor, Programmer, Javascript, HTML o Unity, entre otros, y de una forma completamente libre y creativa.

Sentados en mesas que dibujan una U, con un mentor que se ubica a su altura camuflado entre sus pupitres y una pantalla que recibe de un proyector la enseñanza del día, los alumnos pueden empezar a experimentar en sus ordenadores. En su búsqueda de innovación y dentro de la libertad que le da no tener un temario concreto, la metodología del Dojo consiste en enseñar lo más básico sobre manejo de programación al “ninja” -que es el nombre que reciben los alumnos de este curso- y que, desde el primer momento, el alumno pueda comenzar a experimentar y desarrollar sus propios proyectos. En definitiva, lo que persigue este método de enseñanza es que el alumno no reciba el temario de forma pasiva, sino que dé rienda suelta a su creatividad desde el primer momento, para que le vaya surgiendo la necesidad de aprender en función de lo que le vaya interesando. Y todo ello con software de código abierto.

Coder Dojo - Fotografía por Claudia Mañas (Fundación porCausa).

Jóvenes “ninjas” de la programación en una de las sesiones de CoderDojo de Madrid en Medialab-Prado. / Fotografía: Claudia Mañas

Esto es un club, como los Boy Scouts, donde uno hace vida social y aprende a programar, pero con un sistema muy diferente, muy informal”, así ve Raúl Concha el CoderDojo de Madrid ubicado en Medialab-Prado, donde hace las veces de mentor, mientras enseña a sus hijos y a los demás jóvenes que acuden gratuitamente a este centro cultural cada tarde de sábado desde 2013. El pequeño de sus hijos, cuenta, entró con 6 años: “Lo único que hace falta es que sepan leer. Nunca es pronto para aprender. A ti te dicen que las cosas son difíciles, te lo crees y no las haces. Pero si nadie te dice que es difícil o que es imposible, te lanzas a por ello”.

Este padre y mentor entró en CoderDojo por un amigo que le habló del proyecto. En general, el Dojo se conoce por las recomendaciones de unos a otros. Javier Laporta, responsable de educación de MediaLab-Prado, tiene claro que a la base del proyecto están los mentores. Personas que, por su interés pedagógico, de experimentación o, como en el caso de Raúl Concha, por sus propios hijos, dedican parte de su tiempo a guiar a los jóvenes en el desarrollo de estas habilidades. “Son personas que conocen las herramientas que van a enseñar. Pero intentamos que se arrimen a otros perfiles como profesores, educadores de tiempo libre o trabajadores sociales. Que puedan ayudar con las dinámicas, porque lo más importante es la metodología horizontal, intergeneracional… Un club en el que la gente se une y va intercambiando conocimiento”, asegura el responsable de educación.

Un club, en el que, a primera vista, la presencia masculina es mayoritaria. Apenas una o dos niñas asisten a los talleres, de entre los veinte alumnos que han conseguido entrar -la lista de espera es tan larga que este año no han podido sacar una nueva convocatoria-. Un claro reflejo de la situación laboral actual, pues en nuestro país apenas el 24,3% de los profesionales de las tecnologías de la información y la comunicación son mujeres, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE).

Camila Bove, de 14 años, es una de esas niñas. Este es su tercer año y, aunque no conocía el mundo de la programación antes del Dojo, ya tiene claro que cuando crezca quiere dedicarse a algo tecnológico. Su padre, Sergio Bove, se siente afortunado de que su hija pueda adquirir conocimientos que se ajustan al mercado actual: “Esto es su mundo. Ellos juegan a Minecraft y aquí vienen a desarrollar programas como ese, a crearlos y a meterse dentro de la cocina del juego”. Raúl Concha, mentor de Camila, ve en CoderDojo una gran ventaja con respecto a los conocimientos que los niños adquieren en sus clases ordinarias: “Esto no tiene que ver con utilizar el IPAD en el colegio, aquí de lo que se trata es de crear, no de usar software, no de ser un consumidor de tecnología que ha hecho otro, sino de crear tus propias apps para que otros las usen”, afirma.  

Más allá de que aprendan a programar, a socializar o a desarrollar un oficio, tanto mentores como padres coinciden en que la idea de CoderDojo debe replicarse en otros centros y en otros barrios. Esta es una actividad que ayuda a sus ninjas a afrontar la vida con una mente amueblada. El hecho de que vayan aprendiendo a base de equivocarse, con la metodología de ensayo-error, les obliga a estructurar un proyecto, dividirlo en partes e ir encontrando soluciones para problemas pequeños que les llevarán a encontrar una solución global. Les acostumbra a marcarse un objetivo e ir resolviendo los inconvenientes que se van presentando, como una carrera de obstáculos que adiestra la mente para afrontar los retos de su vida a medida que vayan creciendo.

Convertir una idea en un proyecto

El ser humano tiene decenas de miles de pensamientos al día y muchas ideas, incluso, sobre emprendimiento. Hasta ahora, más complicado que tener una buena idea era llevarla a cabo. El emprendimiento en nuestro país no destaca por las facilidades burocráticas y es por esto que muchos jóvenes, asustados, descartaban pronto esta vía, no sólo a la hora de crear una empresa, sino también para lanzarse a desarrollar ideas para mejorar su entorno o ayudar a su comunidad, en lo que se conoce como emprendimiento social. Hasta ahora.

Lorena Silvestri gestiona el programa jóvenes changemakers de la Fundación Ashoka de emprendimiento social. Consciente de la necesidad de muchos jóvenes con inquietudes emprendedoras de tener un espacio, contactos y asesoramiento para sacar adelante sus proyectos, decidió buscar soluciones y ponerse en contacto con Mikel Oleaga, responsable de programación y alianzas del Impact Hub Madrid. Este es un espacio ubicado en el centro de la capital española que ofrece recursos, networking, facilita el trabajo en equipo y el desarrollo de proyectos que mejoren el entorno social.   

Hace un año y medio, Silvestri y Oleaga comenzaron a reunirse con jóvenes que tenían ideas, pero que no se habían transformado en proyectos concretos y, al mismo tiempo, empresas y fundaciones que tenían proyectos, pero que necesitaban personas. Así, nace un proyecto social bautizado como Punto JES (Jóvenes Emprendedores Sociales), con intención de convertirse en un lugar de referencia para jóvenes entre 14 y 30 años. Su aspiración principal es sentar un precedente como punto de información para jóvenes emprendedores que tienen inquietudes y un proyecto a desarrollar o que ya estén poniendo en marcha y que va un poco más allá de un voluntariado. Personas con un germen emprendedor que no necesariamente quieren montar una empresa, sino sacar adelante un proyecto de forma más relajada; al menos, en su fase originaria. Y, al mismo tiempo, recibir información, demandas del mercado, convocatorias o becas de otras organizaciones que puedan interesar a los jóvenes del HUB.

Aunque asisten personas desde la adolescencia, el grueso de los 60 participantes que se han nutrido del Punto JES desde su creación ha rondado una media de edad de entre 20 y 25 años. La gran mayoría de ellos, comenzaron su proyecto con una idea y una pregunta: ¿Y ahora qué? El nacimiento de una idea va irremediablemente acompañado del surgimiento de una necesidad. El Punto JES se encarga entonces de ofrecer a los jóvenes recursos físicos como una sala para una presentación, testear el producto, una reunión, pedir feedback para su proyecto, recibir convocatorias de organizaciones, ponerles en contacto con otras personas que colaboren o les asesoren o pertenezcan a la red del HUB. Y, de cara a las organizaciones, que normalmente no están en contacto con estas mentes inquietas, el HUB ofrece un punto donde dar visibilidad a sus proyectos, ofertas de empleo y becas, así como la posibilidad de recibir feedback sobre perfiles que les puedan interesar para su negocio o qué necesidades tiene la juventud. A grandes rasgos, conectan personas y recursos necesarios para sacar adelante proyectos jóvenes.

¿Qué hace al Punto JES distinto de otros grupos para emprendedores? Fundamentalmente su enfoque hacia un público juvenil, más reticente al emprendimiento pero con más creatividad, ilusión y frescura que otros grupos sociales. Oleaga, uno de los dos promotores de la iniciativa, destaca un aspecto que hace del Punto JES un espacio que cubre una necesidad descubierta: “No somos muy estrictos porque creemos que, en edades tan tempranas, lo principal no es el emprendimiento en sí, sino lo que representa y lo que aporta a los jóvenes que están impulsando ese proyecto, cómo les forma. Nosotros queremos transmitir que el emprendimiento es una opción y que si tienes una idea, puedes llevarla a cabo. Es tu capacidad y no necesitas que venga alguien que te compre la idea y la haga”. De hecho, aunque los jóvenes no saquen adelante negocios, Oleaga considera clave la formación extra que supone a la hora de buscar un empleo, puesto que “ganan mayor empleabilidad en el currículum. Que una persona joven pueda decir que montó una organización durante cinco años, a lo mejor a un empleador le parece más atractivo que el que hiciera un curso, como otros tantos que también lo hicieron”, asegura.

Los jóvenes se ven atraídos por el El Punto JES por su cercanía y su poca institucionalización. Tanto es así, que alberga una gran disparidad de proyectos: una academia de lenguas online, una app para generar clases particulares entre universitarios, un juego de mesa que transmite los valores del reciclaje o un proyecto para apadrinar un olivo en el interior de España. “Algunos tienen proyectos que podrían hacerles ricos o cambiar el mundo”, ríe Oleaga.

Uno de los casos de éxito nacido en El Punto JES es el proyecto de José Alfredo Martín, premio JES del Impact Hub Madrid. Este joven ha llevado adelante un proyecto de emprendimiento social dirigido a la recuperación del terreno rural. En concreto, destinado a cuidar de un campo de antiguos olivos en Oliete (Aragón), que se encuentran en situación de abandono debido al éxodo rural. Su proyecto, Adopta un Olivo, se centra en conseguir padrinos y madrinas para los 100.000 olivos de este campo, a cambio de una garrafa de aceite del árbol. En palabras de este emprendedor: “Cuanta más gente apadrine, más puestos de trabajo generaremos en un área rural en vías de desaparición, creando a la vez una economía sostenible que permita que el futuro de este pueblo se escriba con letra firme”.

Tras ayudar a 60 jóvenes emprendedores a llevar a cabo sus ideas, el Punto JES comienza a dar sus frutos. A través de las empresas interesadas en los proyectos, Oleaga y su equipo empezarán a rentabilizar este joven punto de encuentro.

Buscar un empleo, encontrar mucho más

Tradicionalmente, la búsqueda de empleo ha sido un proceso pasivo en el que el candidato envía un currículum o es directamente contactado por la empresa y, si tras las entrevistas, aparenta ser mejor que los demás aspirantes, es contratado. Entre medias, muchos aprovechan la situación de desempleo para formarse en otras profesiones o completar sus conocimientos laborales. Pero, ¿qué hacer cuando tus competidores en el paro están tan bien formados como tú?

Ante la crisis económica que engordó el paro español en los años 80, el arquitecto y dibujante José María Pérez, conocido como Peridis, ideó las denominadas “escuelas taller”; entidades dirigidas a formar a los ciudadanos desempleados y ayudarles a llevar a cabo una búsqueda activa de empleo. Tuvieron tanto éxito que el Estado replicó el modelo. Unos años después de la crisis económica de 2008, la Fundación Santa María la Real, presidida por Peridis, recuperó la idea de las escuelas taller, pero dándole una vuelta de tuerca. Así surgen en 2013 las Lanzaderas de Empleo y Emprendimiento Solidario.

Soraya de las Sías, Responsable de Comunicación del proyecto, sitúa el nacimiento de las lanzaderas en “un momento de crisis y altas tasas de paro, como un intento de alternativa a las políticas tradicionales que se mueven desde las instituciones públicas”. Precisamente uno de los factores que explican el éxito de las 129 lanzaderas que hay en marcha en todo el territorio nacional, es la innovación. De la metodología de las lanzaderas quedan excluidas las clases en las que el profesor se dirige hacia unos alumnos que apuntan y reciben de forma pasiva el conocimiento.

Por el contrario, el coordinador es un “coach”, una persona encargada de guiar a los 20 participantes que componen cada lanzadera mientras ellos se organizan, planean y escogen cómo desarrollar su trabajo dentro del grupo. Los 20 se organizan como una empresa con una cultura colaborativa, distribuyéndose en departamentos: unos se encargarán de las labores de comunicación y redes sociales, otros harán una base de datos de los perfiles profesionales de los integrantes y, otros, serán los relaciones públicas o intermediarán con las empresas. De manera que la solidaridad sea el punto central del equipo: que cada uno busque trabajo para sí mismo y para los otros 19, mientras los otros 19 buscan trabajo para sí mismos y para los demás.

El primer objetivo es que se les deje de considerar como ‘parados’, para pasar a verse como ‘desempleados activos’. En palabras de la responsable de comunicación: “Quitar esa etiqueta peyorativa de llamarles parados, como si no quisieran trabajar y sólo cobrar el subsidio, cuando en realidad hacen todo lo posible por mejorar sus competencias y empleabilidad para acceder al mercado laboral durante los cinco o seis meses que dura cada lanzadera”.

Una de las paredes de la Lanzadera de Empleo y Emprendimiento Solidario de Móstoles (Madrid). / Fotografía: Claudia Mañas.

Una de las paredes de la Lanzadera de Empleo y Emprendimiento Solidario de Móstoles (Madrid). / Fotografía: Claudia Mañas.

A un mes de agotar el tiempo de la lanzadera de Móstoles (Madrid), más de la mitad de los 20 que empezaron ya habían echado a volar. “¡Tenemos otra cita!”, gritaba a primera hora de la mañana Ángela Conde, una de las participantes. Esa buena nueva se entiende en el último tramo del proyecto, que consiste en buscar reuniones con las empresas para dar a conocer al grupo o a las personas más interesadas en cada compañía. Y, ¿cuál es este proceso?

En un primer momento, el grupo se conoce y se reparte en departamentos. Esta parte la describe una participante, Atenea Nahia Peñafiel, como la “fase de enamoramiento”.  Durante las semanas siguientes se van proponiendo tareas y objetivos que hay que ir cumpliendo, al tiempo que se adquieren competencias personales y profesionales y se llevan a cabo diversas actividades. Finalmente, se centran los esfuerzos en conseguir esas citas y entrevistas con las compañías deseadas -aunque esta tarea no está exclusivamente reservada para el cierre de la lanzadera, sino más potenciada en este punto-. De este modo, se generan dinámicas de grupo que ayudan a trabajar de esta manera y sacar el máximo partido de los demás integrantes. “Cuando tenemos conflictos, recordamos por qué estamos aquí, cuáles son los valores de la lanzadera y lo trabajamos”, explica Peñafiel.

Durante los cinco o seis meses, las actividades enfocadas a las competencias profesionales y a mejorar la empleabilidad son innumerables: talleres de inteligencia emocional y marca personal, coaching, simulación de entrevistas de trabajo, comunicación o redes sociales, son algunos de ellos.

La heterogeneidad es la máxima que rige el grupo, buscando enriquecerlo. Aunque las lanzaderas están planteadas para todas las edades, por exigencias de la financiación -que sigue un modelo mixto entre lo público y lo privado-, muchas se enfocan a la juventud. Natalia Serrano, Coordinadora de la Lanzadera de Móstoles, asegura que “las lanzaderas tienen una media de inserción del 75%. Estos cinco o seis meses son el periodo del que ellos se tienen que nutrir para que, cuando terminen, vean que tienen muchas más herramientas para encontrar empleo”.

De hecho, el empleo por cuenta ajena no siempre es la única opción que se plantea en las lanzaderas. Las perspectivas profesionales de muchos de los participantes sufren una metamorfosis durante el proceso: “Cuando entré iba buscando un trabajo en el que me pagaran; ahora quiero algo que me guste y sepa hacer bien”, explica Ángela Conde, una participante. Otros, en cambio, se han decantado por el emprendimiento: “Hace unos meses no lo veía muy viable y ahora sí creo que puedo alcanzarlo”, se ilusiona David Garrido.  Más allá de esto, a participantes como Jacinto Cruz le resulta provechoso haber aprendido en la lanzadera “proyectar todas tus energías hacia dónde quieres ir y descubrir que tienes capacidades que no pensabas que tendrías”.

Dos años después de la primera lanzadera, la dinámica ha empezado a dar sus frutos y muchas empresas se han puesto en contacto con el proyecto para demandar perfiles profesionales. “No es el objetivo principal de la lanzadera actuar como una bolsa de empleo, pero sí que está ocurriendo que las empresas acudan a nosotros para buscar candidatos o porque han trabajado con otras personas que han pasado por aquí y se han llevado una buena impresión”, explica la coordinadora de Móstoles. Ahora, en su tercer año de vida y tras el éxito de las ediciones anteriores, el programa de Lanzaderas de empleo tiene la vista puesta en la internacionalización de la iniciativa a países como Portugal, Italia, Grecia o Francia.